domingo, 19 de abril de 2015

La escuela como nudo. 2ª parte


Para leer la primera parte: La escuela como nudo. 1ª parte
 

“En la escuela no se educan pastores para rebaños,
sino rebaños para pastores.”
León Tolstoi


 

1º HILO. LA ESCUELA COMO LUGAR DE REPRODUCCIÓN Y CONTROL SOCIAL

Por Viviana Taylor

Cuando hablamos de comunidad estamos haciendo referencia a una noción más ideal que concreta: no existe una homogeneidad tal en la que todos los que pertenecemos a la misma comunidad nos encontremos totalmente identificados, al modo de clones culturales. En la medida en que las sociedades se complejizan, se vuelve imposible la existencia de un grupo homogéneo de individuos. La cohesión, entonces, pasa a ser una función del Estado, que es quien debe formular y ejercer las acciones de política pública que aseguren una integración mínima dentro de la heterogeneidad, de modo que la convivencia social sea posible. Así, eso que llamamos comunidad es, más que nada, un proyecto. Corolario: a mayor desarrollo de una sociedad, mayor necesidad de presencia de un Estado fuerte.
Ahora bien, ¿cómo es posible, desde el Estado, decidir qué acciones de política pública formular y ejercer? Existen dos vías para determinarlo: una es la de la represión, que se va a concentrar en la vigilancia, el control y el disciplinamiento. Otra vía es la de la legitimación, que es el proceso por el cual el Estado trata de consolidar los procesos de identificación necesarios para la concreción de la comunidad. Y se relaciona, por un lado, con la pretensión de que cada individuo se transforme en un ser semejante al cuerpo social normativamente determinado, y por otro lado, requiere del acuerdo acerca de cuál es el momento a partir del cual el Estado tiene derecho a intervenir en esa transformación. La escuela es la institución que se ha convertido en el escenario privilegiado de este proceso de legitimación, e históricamente se ha esforzado por lograr esa identidad entendiéndola como homogeneidad,  lo que podemos ver reflejado en el ideal del currículum único.

Para comenzar a comprender cómo funciona este currículum, analicemos uno de los elementos que lo constituyen: el panóptico.
Michel Foucault -quien analizó los mecanismos de poder y saber, según lo que él mismo ha llamado tecnología disciplinaria- describió cómo la sociedad ha sido organizada proclamando la vigilancia continua de los individuos, lo que ha producido el desarrollo de un número impresionante de instituciones de observancia y control: la cárcel, el hospital psiquiátrico, la fábrica, la escuela. Todas ellas se han manifestado sobre la base del modelo del panópticoobra de Jeremias Bentham- que consiste en una forma arquitectónica que facilita una mayor seguridad y vigilancia de la conducta. En el panóptico no hay indagación, sino vigilancia y examen.
En el terreno pedagógico, el panóptico se concretó a través de los programas, los reglamentos escolares, los proyectos arquitectónicos, las normas para su funcionamiento… todos elementos cuyas características pueden apreciarse en el proceso de satisfacer las necesidades de disciplina y enseñanza, mediante mecanismos de vigilancia –algunos sutiles y otros no tanto- en donde los métodos disciplinarios individualizan en medio de la multiplicidad, y permiten producir en el individuo la internalización de la mirada controladora. Así, una vez lograda la internalización, el mejor vigilante para el alumno pasa a ser el propio alumno.
La práctica diaria de mantener el control en las instituciones escolares tiene el sentido en tanto asegura la continuidad en la transmisión ideológica, cuya estrategia es el carácter insistente, persuasivo,  y –sobre todo- repetitivo de la enseñanza. Esto ha dado lugar al sostenimiento de la superioridad del conocimiento del profesor, que es quien impone un lenguaje, un conocimiento y una serie de actitudes; una selección de libros, un método de aprendizaje y prácticas pedagógicas en general; todo lo cual está impregnado por una fuerte carga ideológica. Frente a estos, la respuesta admitida posible es la aceptación. El alumno, en su proceso de aprendizaje, debe adquirir los conocimientos y absorber una diversidad simbólica sobre la cual no se le permite crítica ni cuestionamiento. Con el tiempo, el educando empieza a concebir la realidad a partir de las prácticas pedagógicas rutinarias que se conformaron en sus pautas de comportamiento y pensamiento.
Esta conformación de ideas es lo que identifica a la educación como un espacio social privilegiado en la construcción y reproducción de los sentidos, significaciones, valoraciones y prácticas socialmente legitimados, y a los que la educación misma contribuye a legitimar.
Es en este sentido que se entiende a la educación escolar como un ámbito fundamentalmente político, ya que desarrolla una visión del mundo, una interpretación de la realidad, que corresponde a la clase dominante pero de la cual participamos todos, y que todos –especialmente los maestros- contribuimos a difundir y consolidar.

La evidencia más claramente visible del panóptico es arquitectónica: en la construcción de las escuelas deja de ser importante la vista exterior (como sí lo era en los edificios de principios del siglo XX) para privilegiarse el espacio interior, que permite un control articulado y constante. El maestro tiene la posibilidad de vigilar y de construir un saber sobre los que vigila. Un saber que no se caracteriza por determinar si algo sucedió o no, sino que trata de verificar si un individuo se conduce o no como debe, si cumple con las reglas, si progresa… Es un saber que establece qué es lo normal y qué no lo es, lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe y lo que no. En esto consiste la tecnología individualizante del poder, puesta al servicio de la detección de la diferencia: si ha logrado recortarnos de la masa, es porque estamos en falta.

Como vemos, el sistema escolar implica la imposición del arbitrario cultural de la clase dominante. Con este término Bourdieu pretende subrayar una idea central en su sistema: los contenidos y formas de la cultura escolar no hallan su razón de ser en su supuesta relación con la verdadera naturaleza de las cosas o de los hombres. Por el contrario, es su naturaleza de clase, su relación con la clase que detenta el poder, la que convierte en legítimo y objetivo lo que no es sino el arbitrario resultado -en la esfera simbólica- del ejercicio del poder. Y es justamente aquí donde reside la violencia simbólica: en la capacidad de imponer y convertir en legítimas significaciones, encubriendo las relaciones de fuerza que se encuentran en su base.
Una acotación –nada menor- al paso: es en este marco que se entiende por qué en la actualidad de la discusión política en nuestro país se habla tanto de  relatos y de confrontación de relatos. No se trata de dilucidar cuál es el que se ajusta más a la realidad, sino que lo que está en cuestión es la disputa en la difusión de su interpretación. En nuestras escuelas, el relato que ha logrado imponerse desde su organización, ha sido el relato liberal que ha impregnado la versión oficial de la historia a través de la selección de los contenidos a ser enseñados y a ser silenciados, de los textos de estudio, de las rutinas escolares, de la distribución del tiempo de trabajo y de ocio, de la programación de las actividades propias de cada uno, de los criterios y de los modos de evaluación, de las formas de determinación de la calidad de la enseñanza, en la interpretación de los que se consideran los factores que inciden sobre sobre el aprendizaje y la escolarización y los que se desatienden, etc… Este es el relato que hoy está en disputa: se trata de una nueva forma de ver, interpretar y operar sobre y desde las escuelas, desde un relato que enmarca un modelo de país desde una perspectiva nacional, popular, inclusiva e integradora, extensiva de derechos, regionalista, con proyección universalista.
Como veníamos analizando, es mediante la acción pedagógica que se ha desplegado la arbitrariedad cultural liberal-conservadora a través de un proceso cuya carga de violencia simbólica ha residido en la inculcación de una forma cultural y una ideología que preserva y reproduce las relaciones de poder entre las clases sociales. Para completar la comprensión de la eficacia de este proceso, necesitamos apelar al  concepto de habitus[1] que introduce Bourdieu, para referirse a la interiorización de los principios de un arbitrario cultural que hace posible su reproducción.

Desde un enfoque teórico diferente -el del estructuralismo marxista- también Althusser centra su interés en demostrar el carácter reproductor del sistema educativo. Señala que la condición necesaria para mantener el ritmo de acumulación del capitalismo a nivel mundial, es el sostenimiento de la producción. Y a su vez, la condición básica para la existencia de la producción capitalista es la reproducción de las condiciones de ésta misma. Por eso es que, a diferencia de lo que ocurría en las formaciones sociales esclavistas y feudales, en el capitalismo la reproducción de la fuerza de trabajo se lleva a cabo, fundamentalmente, fuera del lugar de producción, a través del aparato ideológico de Estado dominante que es la escuela. En ella se aprenden la escritura, la lectura, el cálculo, algunas técnicas y otros elementos que se podrán aplicar en el desempeño de los diferentes roles productivos. Pero, junto con ellas, también se aprenden las reglas, los usos habituales y correctos según el cargo que se está destinado a ocupar en la división del trabajo: el orden establecido por medio de la dominación de clase. Por lo tanto, desde esta perspectiva, la escuela es la institución que proporciona a los miembros de las distintas clases sociales la ideología apropiada, capaz de lograr la interiorización de las relaciones de dominación capitalista por parte de la mayoría, apareciendo como el elemento fundamental en el mantenimiento y la reproducción de la dominación de clase.
Claro que cabe preguntarnos qué sucede cuando desde el Estado no se trata de mantener ni reproducir la dominación de clase, sino de cambiar estas formas de la relación de poder entre las mismas. Ya lo analizaremos al desanudar otro de los hilos de esta trama que es la Escuela.

En síntesis, podemos entender a la escuela como el instrumento con el que cuenta una sociedad organizada, en un tiempo y un espacio específicos, para transmitir y cultivar los valores morales, éticos, religiosos, sociales y políticos, que desarrollen en los individuos las actitudes y aptitudes que permitan lograr la cohesión social, y así alcanzar los objetivos y aspiraciones nacionales. Por lo tanto, desde esta perspectiva de análisis, la escuela es la institución social en la cual sus funciones y estructura cumplen con una actividad político-pedagógica. Dicho de otra manera, la escuela de cualquier sociedad es reflejo de la política e ideología de la clase dominante, la que detenta el poder.

Entendidas la Escuela y la Educación únicamente desde su función reproductiva y de control, es fácil concluir que son el dispositivo que permite homogeneizar un horizonte de pensamiento que es el mismo para todos, característico de los modos de Estado totalitarios. La Escuela pasa a ser indispensable para el manejo de masas, permitiendo la reproducción de la función de control, al establecer la inclusión o exclusión de los educandos según su mayor o menor congruencia con los valores e intereses de las élites.  La manera de disciplinar en el contexto educativo es formar a todos a imagen de los poderosos, en la pretensión de que se alcanzarán determinados derechos y deberes que sólo pueden ser conseguidos a través del desarrollo escolar, y en la creencia de que las oportunidades para alcanzar una posición social relevante coinciden con el número de años de escolaridad (¿vio cómo en estos últimos días se ha buscado instalar nuevamente en los medios la discusión sobre el voto calificado y se ha vuelto a cuestionar el derecho al voto desde los 16 años?). Parecería lógico pensar así: en un sistema en el que se ve como inevitable que haya ganadores y perdedores, se espera  que los ganadores sean reclutados entre los que han recibido una mejor instrucción. Claro que, de todas maneras, habrá siempre dos, tres o más niveles de instrucción muy diferenciados.

Para comprender esta noción de niveles de instrucción diferenciados, necesitamos tener en cuenta dos fenómenos:
1.      Por un lado, no todos los sujetos en edad escolar participan del sistema educativo. Y aunque es cierto que cada vez más sectores acceden a la escolarización, sólo lograrán alcanzar los conocimientos que la educación promete aquellos que puedan permanecer en el sistema por una mayor cantidad de años. El retraso en el acceso a los aprendizajes sustantivos, denominado “fuga hacia delante”, perjudicó principalmente a los alumnos que provienen de sectores sociales más bajos, que son quienes pueden permanecer menos tiempo dentro del sistema educativo. ¿Ponemos un ejemplo concreto, de nuestra realidad más inmediata? En la Ciudad de Buenos Aires no se garantiza el acceso de toda la población a la escolaridad pública: no están universalizadas las salas de 4 y 5 años (obligatorias) en el nivel de educación inicial, y aunque se los excluye a través de mecanismos más sutiles como la forma de inscripción, tampoco se garantiza el acceso de todos los alumnos a la escolaridad primaria y secundaria pública. Paralelamente, el diputado del PRO (el partido gobernante en la Ciudad de Buenos de Aires) Sturzenegger ha propuesto una escuela pública para sectores menos favorecidos, y una de mayor calidad privada, a la que puedan acceder los mejores estudiantes que no puedan pagarla a través de un sistema de becas. Así es como se instala un sistema basado en niveles de instrucción diferenciados, con un acceso a una mejor escolaridad determinado por la capacidad de comprar mejor calidad instructiva en el sistema privado, al que sólo tienen acceso y permanencia a través de un sistema meritocrático los mejores estudiantes (los mejores promedios según los criterios que este mismo sistema valora) de quienes no pueden pagar por ella. Nada se dice ni se considera  sobre las desiguales condiciones que inciden –desde antes y durante la escolaridad- en las diferencias de posibilidades para alcanzar los “niveles de mérito” requeridos para merecer una educación de calidad.
2.      Por el otro, la instrucción recibida no es homogénea. El origen social –como vemos en el punto anterior- determina la presencia en circuitos educativos. Estos circuitos, a su vez, conformarán un sistema educativo que se define como democrático e igualador, pero se presenta segmentado de acuerdo con los sectores sociales a los que atiende. Estos circuitos terminan conformando, en realidad, un conjunto de subsistemas escolares, cada uno de los cuales brinda calidades educativas diferenciadas. Un mito bastante extendido se basa en la creencia de que se distinguen entre sí por el hecho de ser públicos o privados. Pero esto no es necesariamente cierto: este fenómeno de diferenciación tiene mucho más que ver con las características de las comunidades asistidas. Así, si volvemos al ejemplo de los circuitos educativos de la Ciudad de Buenos Aires, podemos trazar una frontera clara entre el norte y el sur de la misma: las condiciones de las escuelas públicas del norte de la Ciudad son muy superiores a las del sur. De la misma manera, si comparamos escuelas públicas del primero y del segundo cordón del conurbano bonaerense con las de otras de zonas (de la misma o de diferentes provincias, incluso rurales) nos encontraremos con que las condiciones de infraestructura y mobiliario, así como los materiales de estudio y trabajo, condicionan negativamente la calidad de la educación de las primeras.  No es ajena a esta realidad la magnitud de la matriculación que vuelve al sistema educativo bonaerense comparable en sus dimensiones con la mayoría de los sistemas educativos nacionales, complejizando la atención de sus necesidades, y volviendo necesario que sea atendido en función de esta característica distintiva.

La calidad educativa, en consecuencia, pasa a poseer el status de una propiedad con atributos específicos. La calidad ya no es algo que debe cualificar el derecho a la educación, sino un atributo potencialmente adquirible en el mercado de los bienes educativos. La calidad como propiedad supone la diferenciación interna en el universo de los consumidores de educación tanto como la legitimidad de excluir a otros de su uso y disfrute. La calidad, como la propiedad en general, no es algo universalizable. En la perspectiva conservadora es bueno que así sea, ya que se entiende que son estos criterios diferenciales de asignación y de aprovechamiento los que estimulan la competencia, que entienden a su vez como el principio fundamental en la regulación del Estado.
Llevando a un extremo este argumento se reconoce que el Estado poco y nada puede hacer para mejorar la calidad educativa sin producir un efecto perverso en contrario: nivelar para abajo. En consecuencia, la falta de calidad -como la no disponibilidad de cualquier propiedad- no es un asunto del Estado y sí de los mecanismos correctivos que funcionan “naturalmente” en todo mercado. La calidad se conquista en el mercado y se define por su condición de no derecho.
Así lo entienden quienes visualizan sociedades duales, compuestas por un número importante de buenos técnicos que satisfagan los cánones internacionales de calidad, y una superabundante mano de obra barata. No pocos países están en esto: en ofrecer los salarios más bajos, con las cargas sociales más bajas, con tal de atraer capitales y tecnología. Y para manejar esa tecnología, una franja de la población que haya recibido una educación de primera. La función principal de la escuela es, en este contexto, otorgar una historia académica que capacite al educando no a conocer el mundo y a sí mismo, sino a poder acceder a un determinado tipo de trabajo, que lo ubique en la escala jerárquica ocupacional. Seguramente a algunos lectores le resonará esta postura, hegemónica hasta no hace mucho tiempo, y que reactivamente provoca quejas y malestar en ciertos sectores al tratar de desinstalársela. Sectores que están en pugna para volver a instalar esta interpretación y su consiguiente relato sobre la realidad y –consecuentemente- el modelo político en el que encuentra sustento: la vuelta al proyecto neoliberal de país que nos caracterizó durante los años ’90

Este enfoque, propio de la concepción neoliberal, fue el que dio lugar al modelo denominado mcdonaldización de la escuela, en referencia a la penetración de los principios que regulan la lógica de funcionamiento de los fast food en espacios cada vez más amplios de la vida social.
Este proceso de mcdonaldización de la escuela se concreta en diferentes planos articulados, que caracterizan las formas dominantes de reestructuración educativa propuestas por las administraciones neoliberales, que tienden a pensar y conformar las instituciones educativas bajo el modelo de  ciertos patrones productivistas y empresariales, que –como es propio del modelo de Estado Subsidiario- definen un conjunto de estrategias orientadas a transferir la educación de la esfera de los derechos sociales a la esfera del mercado.
Según esta mirada, la crisis de la educación es  una crisis de eficiencia, eficacia y productividad, derivada del efecto de la planificación y el centralismo estatal. Sostiene que la excesiva burocratización, el clientelismo, la ausencia de mecanismos de libre elección, la falta de un sistema meritocrático de premios y castigos que estimule la competencia, son la expresión de un sistema que pretende ser igualizante y condena a todos a una progresiva improductividad. ¿No ha oído, reiteradamente, estos reclamos en los últimos días?
En fin, macdonaldizar la escuela supone pensarla como una institución flexible que debe reaccionar a los estímulos que emite un mercado educacional altamente competitivo. En esta perspectiva, la escuela tiene como función la transmisión de ciertas habilidades y competencias necesarias para que las personas se desempeñen competitivamente en un mercado de trabajo altamente selectivo y cada vez más restringido. La educación escolar debe garantizar funciones de selección, clasificación, y jerarquización de los postulantes a los empleos del futuro.

Pero hay más: en el fast food, unos se atiborran de comida chatarra, que enferma y desnutre a la vez que simula las redondeces propias de la alimentación; en tanto otros miran, la ñata contra el vidrio, esperando la hora en que se saquen a la calle las sobras, para sentir que en algo participan de un festín al que no han sido invitados. Análogamente, en la escuela... Seguramente ya estará pensando en los niveles de instrucción y los circuitos educativos diferenciados. Efectivamente, de eso se trata.
Y es en esto, en lo que no se dice, donde reside esta definición de la función social de la escuela. Y semejante desafío sólo puede ser alcanzado en un mercado educativo que sea él mismo una instancia de selección, clasificación y jerarquización.

Afortunadamente, no es este el único hilo a desanudar para comprender la complejidad de la Escuela. Nos faltan algunos más.

Viviana Taylor


En el próximo artículo desanudaremos el 2º hilo: la escuela como lugar de resistencia y cambio social.



[1] El habitus viene a ser un sistema de disposiciones durables y transferibles -estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes- que integran todas las experiencias pasadas y funcionan en cada momento como matriz estructurante de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes de cara a una coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a producir.

 

 

viernes, 17 de abril de 2015

La escuela como nudo - 1º parte



“En el acto educativo no se consigue todo lo que se desea, ni sólo lo que se desea.” Reina Reyes


 Por Viviana Taylor









En estos últimos días se ha reflotado aquella ya obsoleta discusión que surgió en 2012, a raíz -primero- de la denuncia sobre la supuesta intromisión de La Cámpora en las escuelas y la posterior reacción del Ministro de Educación porteño, Esteban Bullrich, habilitando un 0800 para denunciar hechos de este tipo, lo que había puesto (y vuelve a poner) en discusión cuál es el lugar de la escuela, si la política es o no - puede o no - debe  o no - ser o no parte de ella, y el peligro frente a estos supuestos adoctrinamientos.
Con el único objeto de aportar a este debate, poniendo ciertas cuestiones que no solemos visibilizar sobre el tapete, propondré una serie de artículos a través de los cuales intentaré desanudar este nudo que es la escuela.

Pero no nos pongamos tan serios, que no es necesario. Juguemos por un ratito: Vamos a imaginarnos, tal como se cuenta en “El señor de las moscas”, que un barco naufraga y un conjunto de niños –librados a su suerte- sobrevive en una isla aparentemente desierta. Para lograrlo necesitan organizarse, y gran parte de esa organización se asienta sobre las diferentes habilidades y los distintos conocimientos que poseen. ¿Cuáles cree que son los más valorados por el grupo? ¿Los pondrán al servicio del conjunto? ¿Se los enseñarán mutuamente? ¿Cómo piensa que se van a definir los liderazgos? ¿Se conformarán subgrupos antagónicos? ¿De qué modo, en caso de conformarse, competirán? ¿Quiénes tendrán más posibilidades de imponerse? ¿De qué manera, supone, intentarán mantener esa posición más ventajosa?



Sigamos jugando: Otra historia, parecida en su inicio, es la que se relata en la miniserie  Lost: un avión pierde su rumbo y cae en una isla desierta, sólo que en esta ocasión los sobrevivientes son mayoritariamente adultos –sobrevive un único niño, y una muchacha está embarazada-. Si usted fuera el padre del niño sobreviviente, o la madre del bebé pronto a nacer, ¿qué le enseñaría? ¿Por qué priorizaría esos conocimientos sobre otros? ¿Cree que hay  conocimientos que no tendría sentido –o sería peligroso- transmitir? ¿Cuáles? ¿Por qué?



Una última propuesta de juego: Un pueblo es invadido por un grupo extraño que lo esclaviza. Su estrategia de corto plazo es mantener el dominio por la fuerza, sobre la base de la coacción y el terror. Todo disenso, por mínimo que sea, es brutalmente castigado. Entre los invadidos la delación y la traición se vuelven moneda corriente (por un lado, como forma de venganza ante fastidios u ofensas personales; por otro lado para mostrarse ante los más poderosos como leales a ellos y diferentes a su grupo de proveniencia). Sin embargo, esta estrategia se vuelve demasiado débil en el mediano plazo, y totalmente ineficaz en el largo: el peligro de reacción está siempre latente. Si usted perteneciera al grupo dominante, ¿qué estrategia vería como más eficaz y efectiva para perpetuar el estado de dominación? Y si perteneciera al grupo dominado, ¿qué estrategia elaboraría para hacer posible la liberación?



Estoy segura de que en las tres situaciones, al menos una vez, pensó en las palabras enseñanza, escuela, o educación.  Y es que la educación constituye, simultáneamente, nuestra más importante actuación específica y nuestra estrategia más elaborada para perpetuarnos. Los hombres tenemos necesidad de reproducirnos dos veces: cohabitando y coeducando. Pero no es tan fácil ponernos de acuerdo en qué entendemos por educación.



Si bien su etimología remite a una doble significación[1], se encuentra ligada en su forma más común de comprensión a la imposición de una ortodoxia en materia de hábitos y maneras de ser. De hecho, en el Diccionario de Autoridades se la define como “criar, enseñar, amaestrar y dar doctrina”, con lo que pareciera quedar representada la idea de sometimiento y dependencia; además de que se introduce la idea de adoctrinamiento como no ajena a la de educación.
Paralelamente, la mayoría de las personas asocian la idea de educación con la posibilidad de adquirir recursos para poder aspirar a conseguir –aún al costo de la dependencia y el sometimiento educativo- una mejora de posición social y económica (o económica y social, como prefiera).


Más complejo se vuelve el análisis cuando advertimos que, a pesar de nuestra necesaria dependencia respecto de la educación, la institución a la que más directamente la asociamos no es universal ni eterna. Son muchos los que buscan en épocas remotas y en civilizaciones prestigiosas como la griega y la romana el origen de la escuela, y así justifican no sólo su existencia, sino que rechazan todo cuestionamiento a ella como impensable. Pero la escuela primaria, en tanto forma de socialización privilegiada y obligatoria para los niños de las clases populares, es una institución reciente cuyas bases administrativas y legislativas tienen poco más de un siglo de existencia.



¿Cómo entender, entonces, los significados de una institución compleja, que parece –a su vez- sostenerse sobre otros significados –también complejos- como los del concepto de educación? Vamos a necesitar volver a nuestro juego de imaginación. Imaginemos, entonces, a la escuela como un nudo en el que se han enredado apretadamente distintos hilos, cada uno de los cuales nos lleva a un modo distinto de explicarla y comprenderla. Será cuestión de comenzar a desanudar hilos. Esa es la invitación que le hago: que me acompañe durante 5 artículos más en esta aventura.


Viviana Taylor







[1] Etimológicamente, la palabra educación toma su sentido del verbo latino educare, que significa criar, alimentar, instruir, hacer crecer; pero también, y en un sentido opuesto, de ex ducere, que equivale a extraer, sacar afuera, hacer salir. En consecuencia, la educación conlleva en sí una significación antinómica, que da cuenta de dos procesos complementarios.

jueves, 5 de junio de 2014

10 de junio. Día de la Seguridad Vial en Argentina

¿Sabías que este día se celebra desde 1945?

La conmemoración tiene como motivo que la Administración General de Vialidad Nacional fue encomendada a instrumentar en ese entonces diferentes medidas. Una de las más impactantes fue el cambio de mano de los vehículos que, a la usanza inglesa, era hasta entonces a la izquierda. De esta manera se pretendía reducir el elevado número de accidentes que se producían en todo el país en relación con el parque automotor de entonces.
Esta es una lista de libros sobre educación vial para trabajar en la escuela, y de páginas con otros recursos didácticos para ser usados en el aula o a través de las TICs:
 
Apps

sábado, 17 de mayo de 2014

Educación en Derechos Humanos. Propuesta curricular y metodológica



La Dirección Ejecutiva del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) se propuso dar especial atención al desarrollo de la plataforma de trabajo sobre la educación en derechos humanos (EDH), lo que permitió privilegiar acciones de diagnóstico, diseño e incidencia sobre progresos en la incorporación de contenidos de derechos humanos en la educación formal.

En el proceso de definición de acciones se identificó la necesidad de desarrollar un documento técnico de contenidos curriculares, especialmente dirigido al grupo de niños y niñas entre 10 y 14 años.

Esta elección no contradice la necesidad de que la educación en derechos humanos (EDH) se incorpore a toda la educación, pero el IIDH defiende dos argumentos de peso para concentrarse, primordialmente, en ese período.

El primero de ellos es fundamentalmente cuantitativo: cerca del 75% de la población escolar en la región está concentrado en ese período de edad, incluido en la franja que la legislación establece dentro de la educación obligatoria. Por ello, los contenidos de estudio son directamente regulados por los ministerios de educación, los que tienen a cargo, además, la formación, certificación y sostenimiento de los docentes.

Por otro lado, se trata de un grupo etáreo que, en términos generales, transita un momento de crecimiento caracterizado por la internalización del sentido de alteridad, esto es, del reconocimiento del otro como distinto y de la relación social como balance de interacción entre derechos y obligaciones, sostenida en el ejercicio de valores e inserta en determinados marcos institucionales. Esta es probablemente la mejor condición pedagógica para permear al capital cultural y el capital social de los grupos, los principios y prácticas esenciales de los derechos humanos y la democracia.

 

Con este propósito, el IIDH elaboró una propuesta pedagógica específica para incorporar la enseñanza de los derechos humanos en el currículo escolar que concierne a los niños y niñas entre 10 y 14 años de edad, para contribuir a la inclusión de contenidos de derechos humanos y democracia y a la ampliación de los existentes.

 



 

miércoles, 3 de julio de 2013

Mente sana en cuerpo sano... también en épocas de exámenes.



Por Viviana Taylor

 

¡Qué sabio Juvenal! Lo que el poeta latino ya sabía allá por el primer siglo de nuestra era, hoy lo confirma la ciencia: está demostrado que el ejercicio físico, el sueño y la buena alimentación potencian la función cerebral, mejoran el estado de ánimo y favorecen el aprendizaje.

Y, como estamos en épocas de exámenes vamos a dedicarnos un poco a este tema.

 
 

La actividad física diaria, al incrementar la capacidad de los glóbulos para absorber oxígeno, mejora no sólo las funciones muscular, pulmonar y cardíaca, sino también la función cerebral. Por si con esto no alcanzara, también tiene un efecto positivo sobre las sustancias químicas del cerebro que alteran el estado de ánimo: de hecho, en algunas personas, dedicar media hora diaria a una actividad física moderada (como caminar) puede actuar como antidepresivo.

 

Respecto del sueño, conviene tener en cuenta que el ciclo sueño-vigilia es una parte importante del sistema de patrones corporales diarios, que reciben el nombre de ritmos circadianos, expresión que viene del latín y significa “ciclo diario”.

Nuestros ritmos circadianos rigen muchas funciones corporales, como la temperatura corporal, la presión sanguínea y los niveles hormonales en la sangre. Y también la capacidad para estar alerta, pensar con claridad y utilizar las facultades de movimiento de manera óptima. Esta es la razón por la que la capacidad física y de alerta mental varía en función de la hora del día.

La luz diurna es un importante regulador de estos ritmos. El reloj circadiano reside en una parte del cerebro denominada núcleo supraquiasmático, y regula -durante la noche- la síntesis de melatonina en la glándula pineal, que al ser transportada al cuerpo provoca sensaciones de somnolencia.

En el caso de las personas con desfase horario por causa de viajes a través de varios husos horarios (lo que suele denominarse jet lag) el reloj se confunde y para resolver la confusión intenta poner a cero al resto del cuerpo enviando señales químicas -como el cortisol, que es la hormona del estrés; y la melatonina, la hormona del sueño-. De continuarse, esta confusión puede tener consecuencias a largo plazo en el cerebro y en la capacidad cognitiva. Por ejemplo, se han encontrado numerosas evidencias de que el volumen de ciertas partes de la corteza temporal y del hipocampo –regiones cerebrales relacionadas con el aprendizaje y la memoria- es menor en personas que sufren persistentemente de desfase horario, como en el caso de las azafatas que cubren trayectos largos con una periodicidad igual o menor a cinco días.

Dado que la luz diurna es un factor decisivo en la producción de melatonina, una forma de ayudar al reloj en su puesta a punto es la exposición a la luz solar, lo que originará un aumento en la calidad y el tiempo total de sueño y acelerará el cambio en los ritmos circadianos de la melatonina para que se acomode al nuevo entorno. Esta estrategia también puede ser útil para las personas a las que por otras razones –como por ejemplo el estrés o incluso la edad- se les haya perturbado el patrón horario del ciclo sueño-vigilia. Después de todo, parece que la abuela tenía razón cuando pedía que le llevaran la silla al patio para poder tomar un poco de sol. Y en los pacientes que suelen estar mucho tiempo en reposo alejados de la luz solar, la exposición controlada a ella puede ayudarlos a mejorar su estado de ánimo además de a regular sus patrones de sueño (por eso es común en los hospitales con parques ver a las familias reunidas al solcito, en una ronda nada improvisada de mate).


En sí mismo, el sueño es un estado de la conciencia en el que el cerebro se comporta de manera espectacularmente distinta a como lo hace en el estado de vigilia.

Durante el sueño se pueden constatar dos tipos principales de estado cerebral:

·         En el sueño de movimientos rápidos de los ojos (REM como ha sido más difundido según sus siglas en inglés, o MOR en castellano) el cerebro está muy activo y todos los músculos corporales –con excepción de los oculares- están paralizados. Es cuando soñamos más. El cerebro, aunque profundamente dormido, todavía es capaz de asimilar información, sobre todo aquella de especial importancia para el que duerme. Por ejemplo, quizás no reaccionemos a una charla a nuestro lado, o al ruido del tráfico si nos hemos dormido en el colectivo, pero sí lo haremos si alguien susurra nuestro nombre o si nuestro bebé llora.

·         El otro tipo de estado cerebral se conoce como sueño de ondas lentas. En este, los impulsos generados por el cerebro son lentos e infrecuentes. Y puede suceder que hablemos o caminemos dormidos ya que los músculos no están paralizados.

 

Al parecer, el sueño influye directamente en la forma como adquirimos y mantenemos las destrezas nuevas y en cómo recordamos información, así como en nuestra capacidad para pensar creativamente. Puede inspirar nuevas percepciones, e incluso facilitar la comprensión de una tarea recién aprendida. ¿Cómo es posible? Ya había señalado antes que el cerebro sigue activo durante el sueño. Esta actividad corresponde a la formación de memorias sobre experiencias e información recibidas durante el día, ya que las regiones cerebrales implicadas en el aprendizaje del día anterior se reactivan durante el sueño. Esta actividad, que se registrada en el estadio REM, probablemente refleja el refuerzo del aprendizaje asimilado durante el día. De hecho, en varias experiencias se observó que el desempeño de los participantes en una tarea recientemente aprendida mejoraba al día siguiente, tras haber dormido; e incluso una breve siesta inmediatamente después de aprender una tarea mejoraba el rendimiento posterior en la misma. Y, cuanto más larga era la siesta, mejor resultaba el rendimiento posterior.

Por eso es probable que las reactivaciones cerebrales durante el sueño reflejen el refuerzo de las conexiones entre neuronas que son importantes para las tareas aprendidas. De este modo, permiten que la nueva destreza se incorpore a la memoria de largo plazo.

 

Consecuentemente, la falta de sueño tiene un efecto perjudicial para el aprendizaje. Los efectos recurrentes son:

·         Cuando alteramos el patrón de sueño-vigilia: distracción, somnolencia, irritabilidad, disminución de la capacidad de alerta.

·         Una noche sin dormir: dificulta el pensamiento innovador, la capacidad de tomar decisiones, y la actualización de planes. El pensamiento se vuelve rígido, lo que hace que, por ejemplo, en la resolución de una tarea se insista en repetir la misma estrategia que ha demostrado ser inapropiada.

·         Varias noches de insomnio: afectan gravemente la concentración y el aprendizaje.

 

Quizás sea a causa de esta relación con el aprendizaje que el cerebro se esfuerza por compensar la falta de sueño. Por ejemplo, si bien son los lóbulos temporales los que resultan activados por una tarea de fluidez verbal, se ha observado que en el caso de personas privadas de sueño los lóbulos parietales también aparecen activados. Al parecer, en condiciones de privación de sueño, las áreas parietales aportan una ayuda como parte de un mecanismo compensatorio.

 

Visto y considerando lo antecedente, ¿cuánto deberíamos dormir? En promedio, deberíamos dormir no menos de siete horas y media. Y los niños y adolescentes, bastante más. Es evidente que la mayoría de los adultos dormimos menos de lo que necesitamos. No es para pasarlo por alto: dormir más por la noche, además de incrementar los niveles de energía para el día siguiente, mejora el aprendizaje, la toma de decisiones y la capacidad de innovación. Y evita la aparición de esas feas bolsas bajo los ojos que nos hacen lucir avejentados y cansados. No parece poco.

 

 

¿No podríamos buscar otras ayudas, más fáciles de implementar que el ejercicio sistemático y el sueño regular, para mejorar el aprendizaje? Bueno… hay drogas y fármacos que parecen potenciar la memoria indirectamente. Y otras sustancias y estimulantes, como la cafeína, el alcohol, la nicotina y la glucosa, parecen facilitar o debilitar el aprendizaje. Sin embargo, es muy difícil separar los verdaderos efectos de las llamadas drogas inteligentes de los efectos placebo. Justamente, diversos estudios mostraron los mismos efectos inequívocos y muy similares en el cerebro y la conducta, tanto de las drogas como de los placebos (sustancias inocuas que actúan por sugestión, por la creencia en que tienen un efecto determinado del que, en realidad, carecen). Al parecer, es sobre todo la simple creencia en que el fármaco ayudará lo que afecta a las partes del cerebro que procesan la función estudiada. En el caso del placebo, es posible que su efecto terapéutico se deba a la movilización de energía adicional, algo así como si dispusiéramos de un depósito de reserva energético. De ser así, quedaría explicado por qué el efecto sólo se verifica durante un período de tiempo limitado. Y hasta quizás haya algún costo, como un provisorio efecto contradictorio posterior –a modo de un efecto rebote- hasta que se restablezca el equilibrio.

Sobre lo que todavía no tenemos suficientes conocimientos es sobre las ventajas, la complejidad de los mecanismos que desencadenan, ni los efectos secundarios de los remedios –se trate de simples hierbas o de drogas inteligentes- como para recomendarlos como ayuda al aprendizaje. Lo que sí está demostrado es que muy posiblemente algunos tipos de estilos pedagógicos tengan los mismos efectos que tomar una sustancia o un placebo, en lo que se refiere a los sistemas químicos del cerebro. Y sin contraindicaciones ni efectos rebote. Nada como un buen maestro ofreciendo una buena enseñanza.

 

Sin embargo, para funcionar, el cerebro sí requiere de algunas cosas. Por un lado, es precisa una fuente continua de oxígeno. Por eso volvemos a la recomendación de la actividad física -como correr, caminar enérgicamente, bailar, nadar, o cualquier otro tipo de ejercicio aeróbico- ya que mejora la circulación del oxígeno y, consecuentemente, su llegada al cerebro.

También requiere agua y glucosa. Si prestamos atención a que el cerebro es agua en más de un 80%, es fácil deducir que la deshidratación puede dañarlo gravemente, con consecuencias evidentes sobre el aprendizaje El simple aumento de la cantidad de agua que bebemos al día puede favorecer la concentración y la memoria… hasta cierto punto.

Además, el cerebro obtiene casi toda su energía de la glucosa, que al igual que el oxígeno es transportada por el torrente sanguíneo. Por eso no sólo comer sano, sino además con regularidad, también es importante para que el cerebro funcione óptimamente.

 

¿Con qué alimentos podríamos armar una “dieta cerebral”?

En primer lugar, no deberían faltar el pescado ni otros alimentos ricos en proteínas, ya que contienen dos aminoácidos -el triptófano y la L-fenilalanina- que ayudan a incrementar las reservas energéticas y a estimular la producción de serotonina y noradrenalina en el cerebro, sustancias que desempeñan un papel fundamental en la generación de sensaciones de felicidad.

El triptófano también lo encontramos en los huevos, la leche, la banana, los productos lácteos y las semillas de girasol. ¡Por fin una “golosina” que les gusta a los chicos y les hace bien! ¡A comprarles Pipas para el recreo!

La tirosina, que origina sensaciones de vitalidad y empuje, se encuentra en el tofu y las verduras. Y la endorfina, otra sustancia química feliz, en el pavo, el pollo, las carnes rojas magras, los huevos y el queso.

Los ácidos grasos de cadena larga, los muy promocionados y prestigiosos omega-3 y omega-6 –seguramente habrá visto cómo los alimentos que los contienen se esfuerzan por hacerlo notar en sus envases- son de crucial importancia para el desarrollo y la función normales del cerebro. No sólo porque constituyen aproximadamente su 30% y son los componentes básicos de las membranas celulares, sino porque los requieren las sinapsis cerebrales para poder ser eficientes. Estos nutrientes también son esenciales para el funcionamiento de los ojos. Y como sólo se pueden obtener de la dieta, es importante incluir en ella los alimentos que los contienen, especialmente algunos pescados como el salmón, el arenque y el atún. Sus efectos positivos son múltiples: mejoran el estado de ánimo y las capacidades cognitivas, estabilizan el estado de ánimo y son antidepresivos eficaces. La próxima vez que vaya al supermercado, preste atención a los envases: busque menos grasas trans, y más omega-3 y 6.

 
Además de estas, hay muchas otras sustancias beneficiosas para la capacidad mental y el aprendizaje. Lo bueno es que todas están presentes en los alimentos de manera natural, y nada indica que haga falta ningún suplemento alimenticio si la dieta es equilibrada. Pero, si la nutrición es inadecuada, sobran las evidencias sobre las consecuencias negativas que pueden producirse. Aunque la recomendación, a esta altura, parece sobrar, insistiré: una dieta sana favorece el aprendizaje, y una deficiente lo perturba. Dicho esto, no puedo evitar pensar en las cantinas y kioscos de las escuelas: ¿qué alternativas de alimentación les estamos ofreciendo a nuestros alumnos? Este es un tema que deberíamos abordar seriamente, en el interior de cada escuela. Sobre todo si tenemos en cuenta que desde nuestro discurso pedagógico solemos sostener que todos los ámbitos escolares deben ser educativos. ¿La promoción de los hábitos alimentarios que facilitamos lo tiene en cuenta?

Es más, abramos la mirada a todo el sistema. Si acordamos con la idea de que una dieta equilibrada, con todos los nutrientes necesarios para el desarrollo cerebral, es una variable crítica a considerar cuando se trata de favorecer el aprendizaje y luchar contra el fracaso escolar, ¿cómo asegurar que estos nutrientes sean accesibles a todos los niños? El pescado, el pollo, las carnes rojas de cortes magros, toda la variedad de frutas y verduras, los lácteos en general y los huevos son alimentos caros, excluidos de la dieta de muchas familias. Oportunidades de desarrollo y aprendizaje robadas que probablemente no se recuperen.

Pero además, si el lóbulo frontal -esa gran región situada en la parte delantera del cerebro, responsable de los procesos cognitivos de alto nivel como la planificación, la integración de información, el control de emociones, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones- completa su desarrollo tan tardíamente como hoy sabemos (las evidencias indican que continúa haciéndolo hasta cerca de los 30 años y ninguno de los estudios más actuales sostiene que podría completarse antes de los 18 años) ¿no es claramente necesario extender los beneficios de esta “dieta cerebral” a los adolescentes y los jóvenes? Imaginemos una sociedad donde esto no se hiciera: seguramente los adolescentes se convertirían en jóvenes y adultos con poca capacidad de planificación y proyección –por ejemplo, de un proyecto de vida y de las estrategias para lograrlo-, con poco control sobre sus emociones y la inhibición de sus impulsos –y por lo tanto fácilmente irritables y agresivos, con tendencia a la solución violenta de los conflictos, lo que sumado a lo anterior llevaría a una falta de consideración de las consecuencias posibles de los propios actos-. Sería muy terrible vivir en una sociedad así, ¿no?

Y más aún, hoy también sabemos que el cerebro continuará desarrollándose a lo largo de toda la vida. Incluso en algunas zonas, como en el hipocampo, podrán incrementarse no sólo las sinapsis, sino las neuronas mismas. En poblaciones cada vez más envejecidas, como la nuestra, ¿la buena alimentación de los mayores no debería ser también una prioridad política? Después de todo, no se trata de una pequeña proporción entre muchos otros. ¿Que es caro? No sé… si todos los argumentos pasan por una cuestión económica, pienso en cuánto se podrían incrementar las ganancias de las empresas al mejorar la productividad y la iniciativa, y bajar los niveles de astenia y morbilidad… Y, sobre todo, al abuelo no le fallaría tanto la memoria: se acordaría de bañarse diariamente y usar ropa limpia, de dónde guardó ya no sé qué última cosa que perdió y tampoco recuerda pero busca, y no repetiría por tercera vez en el día –y décima en la semana- la misma anécdota de cuando era niño y ya había visto nevar en Buenos Aires. Quizás eso que llamamos despectivamente “cosa de viejos” sea en gran parte “cosa de mal alimentados”. ¿En serio cree que sería un proyecto políticamente caro? Yo creo que es prioritario insistir en la profundización de las acciones de política alimentaria: un campo en el que mucho se ha hecho en los últimos años, pero donde todavía queda mucho por hacer.

¡Ah, y no nos olvidemos! Insisto en el hecho de que estos alimentos, además, contribuyen a que nos sintamos mejor, menos deprimidos y más felices, con un mejor control sobre nuestras emociones y un estado de ánimo más estable. Y eso, más allá de ser mejor que bueno en sí mismo, también es bueno para el aprendizaje.

 

Por Viviana Taylor

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